Pedro Arrupe: “El verdadero distinguirse ha de darse en el comportamiento con Cristo”
Este hombre que nació en Bilbao capital de Vizcaya España, dejó sus estudios de medicina e ingresó en la Compañía de Jesús para ser médico no sólo de cuerpos sino también de almas, nos muestra su visión de lo que debe ser el trabajo del Servicio Jesuita a Refugiados en el mundo, a través de sus experiencias como médico, como persona y sobre todo como instrumento de Dios hasta sus últimos días incluso preso de una trombosis cerebral, que le impidió continuar como general de la Compañía de Jesús pero no seguir luchando desde la oración.
—¿Cómo fue ese llamado de Jesús para Ud.?
—Cuando mi padre muere decidí hacer un viaje al santuario de la virgen de Lourdes en Francia con mis hermanas y asistí a más de una curación milagrosa, teniendo la oportunidad de analizarlos como estudiante de Medicina. Sentí a Dios tan cerca en sus milagros, que me arrastró violentamente tras de sí.
— Usted fue enviado a Japón ¿Qué significó esa misión en su vida?
—Digamos que esa experiencia fue el inicio de todo lo que vendría después. Yo estaba a cargo del noviciado de Nagatsuka, una colina a las afueras de Hiroshima y en 1941, un año después de haber llegado, Japón entra en la II Guerra Mundial. Tres años después estalló la bomba atómica en Hiroshima y yo fui testigo de ese horror al ver a los heridos como fantasmas ambulantes, con la piel desgarrada, hecha un amasijo con la ropa ennegrecida, flotando a jirones, los cuerpos cubiertos de ampollas y manchas rojas y violetas, otras negras, como carbonizadas. En ese momento reaccioné y convertí el noviciado en un improvisado hospital; la biblioteca y el recibidor eran la enfermería y el despacho del rector la sala de operaciones. Mi historia personal cambió de rumbo y desde mi fe puse todas mis fuerzas para dar la ayuda que fuera posible a aquellos seres infortunados.
No dormí en varios días curando, consolando, rezando. Pasados aquellos meses terribles, recorrí muchos países para contar mi experiencia, crear conciencia y exhortar al mundo de que ¡nunca más!
Después de la experiencia en Hiroshima, Arrupe va a contemplar con los ojos de quienes padecen las injusticias, viendo el mundo desde las víctimas y los pobres de la tierra, esta es su experiencia fundante y la hace su prioridad hasta fundar el SJR, según Alfredo Infante SJ, director del SJR para Latinoamérica y el Caribe.
Para Mark Raper S.J. director internacional del Servicio Jesuita a Refugiados, “Arrupe se preguntaba retóricamente ¿Cuál sería la actitud de Ignacio ante los desastres de nuestra época, los fugitivos del mar (boat people), las multitudes hambrientas en el cinturón del Sahara, los refugiados y los emigrados forzosos?... ¿Sería equivocado pensar que Ignacio, en nuestro tiempo, hubiera hecho más, hubiera hecho de otra manera que nosotros?”.
—¿Cuál fue el primer paso para fundar el Servicio Jesuita a Refugiados?
—En 1979 y 1980, me reuní con el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, así como con Robert Mac Namara, presidente del Banco Mundial para plantearles mi inquietud sobre los refugiados y ambos me confirmaron que los organismos mundiales existentes eran inadecuados para atender simultáneamente a la prevención de los conflictos de la época y a la atención de los desplazados por dichos conflictos.
Es así como el Servicio Jesuita a Refugiados se funda no sólo para que los jesuitas ofrecieran sus servicios a los refugiados, sino también como un camino para que otras congregaciones religiosas, colaboradores y amigos pudieran dar una respuesta a este problema.
Para Luis Ugalde SJ, Arrupe era un hombre de profunda fe que “creía más en Dios que en cálculos humanos, cosa poco frecuente en este mundo, y su inspiración renovadora influía en la vida religiosa y en la vida de la iglesia. Era impresionante su libertad para defender los principios, más allá de los costos personales”.
—¿Cuál es la característica del trabajo del SJR?
—Todo hay que llevarlo a cabo con una gran dosis de discernimiento. No basta con tener un día una idea luminosa y lanzarse sin más, a llevarla a cabo. ¡No! Podría ser funesto. A menos que la persona fuese un siervo profético con una maravillosa idea… Esta mezcla de profetismo y prudencia, de seguridad y riesgo, constituyen situaciones muy complejas. Estáis aquí precisamente en el punto más candente respecto a este problema.
—¿Cómo coordinar trabajos en distintos lugares y con necesidades tan particulares?
—¡Unidad! Esto es lo importante. Tenemos la misma espiritualidad y el mismo compromiso con Cristo. Distinguirse, en la idea de San Ignacio, no es distinguirse en el saber (puede también serlo); sino que el verdadero distinguirse ha de darse en el comportamiento con Cristo. Hemos de distinguirnos en nuestro compromiso. Esto es, creo, lo importante.
Nos encontramos aquí con situaciones difíciles y complejas de todo orden –políticas, financieras, sociales y no sé cuántas cosas más– pero, por otra parte, existen también enormes posibilidades de poder ser una verdadera ayuda a los desplazados y refugiados. Por eso, precisamente, hemos de resolver el problema lo mejor que podamos, no comenzar por un trabajo muy importante, sino más bien poco a poco, buscando y encontrando caminos. La situación actual del mundo es enormemente cambiante. Resulta pues difícil trazar un plan fijo.
— ¿Cuáles deben serlos criterios espirituales y políticos para llevar adelante la misión del SJR?
— Espiritualmente, lo importante es encontrar la voluntad de Dios y llegar a hacer posible, mediante la oración y la generosidad, un consenso después de una madura reflexión. ¿Qué hay equivocaciones? ¡Bueno! ¡También las equivocaciones entran en la voluntad de Dios! Ese es el camino; ese es el modo de proceder en la Compañía.
Por otro lado, se debe tener una política unitaria que habrá de ser flexible; siempre tenéis que orar y pensar como grupo para hallar esta política general, los principios y las bases que puedan aceptar todos y aunque habréis de afrontar tensiones, puesto que tenemos diferencias de opinión, cada uno debe exponer con claridad sus opiniones y explicar sus experiencias y al final hay que llegar a una conclusión. Quizás alguno tenga que cambiar de opinión, o al menos actuar en conformidad con el parecer de los demás. Es el precio que hemos de pagar.
—¿Cuál es el perfil de un coordinador para el SJR?
—Es necesario que sea alguien que trabaje con plena dedicación en esto, capaz de escuchar opiniones. No puede poner su opinión personal por delante, debe escuchar a cada uno de vosotros y a aquellos que vienen de otras partes; a los obispos de aquí y a todo cuanto va sucediendo. Luego deberá consultar con el superior local y definir una política finalmente. Debe ser pues un hombre muy bueno, abierto, prudente y valiente a la vez; porque mientras que para las últimas decisiones depende del superior local, tiene que ser a la vez el ejecutor de esta política estratégica. Y a veces, como ocurre en la ejecución de decisiones de gobierno, el intermediario puede ser o una gran ayuda, o bien crear indeseables problemas burocráticos.
En 1965, “después de ser elegido general de la Compañía surgieron tensiones internas dentro de la orden, que el mismo Arrupe contribuyó a desatar con sus cartas, reflexiones y decisiones”. Un año después, el 12 de diciembre, “dirigió una carta a los Jesuitas latinoamericanos para sacudir sus conciencias sobre todo en el terreno educativo, criticando la poca orientación social de los colegios y universidades (…) La Compañía está al servicio de todos, especialmente de los más pobres y que eso no lo estaban cumpliendo los jesuitas”. Escribiría F. Javier Duplá Sj.
—¿Sólo los católicos pueden desarrollar este tipo trabajo?
—Quizás sea una idea utópica pero sería estupendo para la Compañía contar con no-cristianos para el trabajo en los pueblos. A través de los “mass media” podríamos presentar cosas a nivel humano y así multiplicar el trabajo y sus efectos, contribuyendo indirectamente a la construcción del país. Esos no-cristianos estarían haciendo algo de buena voluntad y pienso que aquí hay toda una posibilidad nueva de apostolado. Creo que estaría bien pararse a pensar en ello.
A sus 27 años de fundado, el SJR cuenta con equipos conformados por católicos, protestantes, musulmanes, judíos y no-creyentes. La utopía del padre Arrupe se ha hecho realidad, según Alfredo Infante SJ.
—¿Qué opina de la gente que ayuda a los victimarios en Latinoamérica?
— Eso es algo que me pregunto con frecuencia y no es tan claro decir que no y quizás yo lo haya dicho. Pero se trata de hombres, de seres que sufren. Si alguien está herido, aunque sea de la guerrilla, ¡hay que ayudarle! Este es el significado de la parábola del Buen Samaritano. ¿Eso es hacer política? Hay gente que así lo ve. Pero ¡No! En ese momento estoy actuando como sacerdote. Estoy ayudando a este hombre concreto, aquí. No me importa que sea religioso o no católico. Es un hombre en necesidad. Un hombre que sufre… Es verdad que no debemos ser ingenuos y permitir que otros nos manejen políticamente. Pero también, por otra parte, debemos vivir el compromiso cristiano. Por eso hay mucha gente en Latinoamérica que están ayudando a otros, metiéndolos en su propia casa para salvarles la vida. Una cosa es caridad, otra son los principios y otra tercera es la casuística. Y la casuística es muy difícil de solventar. Pero debemos mantenernos abiertos para muchas cosas. ¡Bien! Nos encontramos aquí en una situación límite. ¡Seamos prudentes!
—¿Qué mensaje tiene para los que trabajan en el SJR?
—Me parece que tienen que estar muy contentos con el trabajo que hacen aquí. Están llevando a cabo una magnífica obra, que aunque difícil, es muy importante; —agregó— ¡me siento feliz! Veo una tremenda posibilidad para la Compañía, no solo para trabajar con los refugiados, sino porque este mismo trabajo puede ser una auténtica escuela para aprender nuevas posibilidades.
En agosto de 1981, tras regresar de un viaje por distintos países de Asia, adonde había ido para visitar a los refugiados camboyanos, Arrupe sufre una hemiplejía que le incapacita para su labor.
—¿Cómo han sido estos últimos días?
— No es tanto el dolor físico, ni la inmovilidad lo que me deprime, sino mi incapacidad para comunicarme y llevar una vida normal. Pero hoy más que nunca me siento en las manos de Dios. Eso es lo que he deseado toda mi vida, desde joven. Y eso también es lo único que sigo queriendo ahora, con una diferencia: hoy toda la iniciativa la tiene el Señor. Les aseguro que saberme y sentirme totalmente en sus manos es una profunda experiencia.
Con un brillo en los ojos, concluyó:
—No lo olvidéis; ¡Orad, orad mucho! Este tipo de problemas no se resuelve solamente con esfuerzos humanos. Te estoy diciendo cosas que desearía acentuar; un mensaje; quizás mi “canto del cisne” para la Compañía. Tenemos muchas reuniones y encuentros, pero quizás no oramos lo suficiente. ¡Rezamos al comienzo y al final! Si empleásemos medio día en orar sobre nuestras supuestas conclusiones o puntos de vista, tendríamos luces tan diferentes y síntesis tan distintas, como nunca encontraríamos en los libros, ni en las meras discusiones.
Esta entrevista imaginaria se realizó en conmemoración al centenario del nacimiento del Padre Pedro Arrupe SJ (14 de noviembre de 1907- 05 de febrero de 1991), Las respuestas fueron extraídas de su última charla en Tailandia el 06 de agosto de 1981, de los artículos publicados en la revista Jesuitas de Venezuela, No. 2 año 2007: Arrupe ser santo en el mundo de hoy (por F. Javier Duplá)/ Mis recuerdos del P. Arrupe (Luis Ugalde, SJ), de la página web jesuitas.es y de la carta fundacional: “El Servicio Jesuita a Refugiados y la Tradición Ignaciana” Por Mark Raper S.J. director internacional del Servicio Jesuita a Refugiados.
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