*Mi experiencia como maestrillo en Chad.
Cuando llegué al Chad, lo primero que que vi fue misioneros jesuitas, hermanas y seglares que con profesionalidad y lealtad se ocupaban de un hospital rural en el sur del país. Yo, como médico, debía introducirme en dicha estructura. El choque fue enorme: ver en qué condiciones sanitarias estaba la población me dio, sobre todo en un primero momento, el empujón más fuerte para empezar a moverme. En mis primeros meses en el Chad mi compromiso fue tratar de comprender cómo diagnosticar las enfermedades. La desproporción entre recursos y problemas a resolver, la mortalidad y la agresividad de las enfermedades que cada día tenía ante mis ojos, volvió aquella temporada muy difícil y pesada. Mis motivaciones fueron puestas a prueba:¿ por qué había pedido ir como médico jesutia al Chad? Día tras día, gracias a las conversaciones con otros religiosos, párrocos o seglares me di cuenta poco a poco de la realidad que me rodeaba.
Caí en la cuenta de que la Iglesia no estaba empeñada sólo en una obra de pastoral rural, sino también en impulsar el desarrollo para el bienestar de la población, en particular en salud y educación. En el Chad es común que la parroquia se haga cargo de una red de dispensarios, de escuelas primarias o de cooperativas agrícolas. A menudo la eficacia de estos esfuerzos estriba en la capacidad para encontrar ayudas y financiación en otros lugaresm fuera del país, vista la incapacidad del Estado para ocuparse de las necesidades primordiales de la población. He conocido misioneros que han sido capaces de construir a lo largo de los años una red de amistades dispuestas a sostener estructuras parroquiales, enviando recursos económicos y humanos en un verdadero espíritu de colaboración y gratuidad. Por otro lado, una de las preocupaciones del clero local ha sido justamente cómo seguir asegurando la vitalidad de estas redes de apoyo, haciéndoloas independientes de un misionero individual. En este logro se jugará mucho la credibilidad de la Iglesia respecto de los pobres: ¿seréis fieles a lo que habéis empezado?¿O ha sido un sueño, una chispa de ingenio o de generosidad de un hombre llegado de lejos?
Después de varios meses de trabajo me invitaron a participar en un foro de jesuitas y colaboradores sobre diversas realidades africanas, entre ellas la lucha contra el SIDA. La reunión tenía lugar en Nairobi, así que tuve ocasión de conocer AJAN (African Jesuit Aids Network). Pude compartir con los hermanos que trabajan en distintas partes de África, pude reflexionar y orar sobre los desafíos de la Iglesia y de la Compañía en África y todo esto me abrió los ojos sobre muchas cosas, pero sobre todo sobre mí mismo. Volví al Chad aparentemente sin muchas respuestas, pero con algo claro: como religiosos la prioridad era ser capaces de amar. Si en Occidente parece que la lucha contra el SIDA es cuestión de moral sexual y gira alrededor del uso de preservativos, en el Chad aprendía que la justicia también tiene su importancia vista la escacez de ARV (tratamiento antirretroviral), y de infraestructuras disponibles. Pero en Nairobi comprendí que en realidad todo se basa en el amor. ¿Iba a ser capaz de que los enfermos se sintieran realmente queridos? Cuanto más crecía esa pregunta en mí, más disminuía la disparidad entre recursos y problemas, y yo empezaba a comprender que el amor se juega en el campo de las posibilidades que uno tiene en un preciso momento y ante una persona concreta. El resto deja de tener valor, la idea de qe lo que uno "podría hacer si" no era más que un pensamiento inútil que entorpecía la cosa más importante: transformarse en acción para el otro porque amar es actuar.
*Fragmento. Renato Colizzi SJ. Promotio Iustitiae N.100, 2008/3.
Cuando llegué al Chad, lo primero que que vi fue misioneros jesuitas, hermanas y seglares que con profesionalidad y lealtad se ocupaban de un hospital rural en el sur del país. Yo, como médico, debía introducirme en dicha estructura. El choque fue enorme: ver en qué condiciones sanitarias estaba la población me dio, sobre todo en un primero momento, el empujón más fuerte para empezar a moverme. En mis primeros meses en el Chad mi compromiso fue tratar de comprender cómo diagnosticar las enfermedades. La desproporción entre recursos y problemas a resolver, la mortalidad y la agresividad de las enfermedades que cada día tenía ante mis ojos, volvió aquella temporada muy difícil y pesada. Mis motivaciones fueron puestas a prueba:¿ por qué había pedido ir como médico jesutia al Chad? Día tras día, gracias a las conversaciones con otros religiosos, párrocos o seglares me di cuenta poco a poco de la realidad que me rodeaba.
Caí en la cuenta de que la Iglesia no estaba empeñada sólo en una obra de pastoral rural, sino también en impulsar el desarrollo para el bienestar de la población, en particular en salud y educación. En el Chad es común que la parroquia se haga cargo de una red de dispensarios, de escuelas primarias o de cooperativas agrícolas. A menudo la eficacia de estos esfuerzos estriba en la capacidad para encontrar ayudas y financiación en otros lugaresm fuera del país, vista la incapacidad del Estado para ocuparse de las necesidades primordiales de la población. He conocido misioneros que han sido capaces de construir a lo largo de los años una red de amistades dispuestas a sostener estructuras parroquiales, enviando recursos económicos y humanos en un verdadero espíritu de colaboración y gratuidad. Por otro lado, una de las preocupaciones del clero local ha sido justamente cómo seguir asegurando la vitalidad de estas redes de apoyo, haciéndoloas independientes de un misionero individual. En este logro se jugará mucho la credibilidad de la Iglesia respecto de los pobres: ¿seréis fieles a lo que habéis empezado?¿O ha sido un sueño, una chispa de ingenio o de generosidad de un hombre llegado de lejos?
Después de varios meses de trabajo me invitaron a participar en un foro de jesuitas y colaboradores sobre diversas realidades africanas, entre ellas la lucha contra el SIDA. La reunión tenía lugar en Nairobi, así que tuve ocasión de conocer AJAN (African Jesuit Aids Network). Pude compartir con los hermanos que trabajan en distintas partes de África, pude reflexionar y orar sobre los desafíos de la Iglesia y de la Compañía en África y todo esto me abrió los ojos sobre muchas cosas, pero sobre todo sobre mí mismo. Volví al Chad aparentemente sin muchas respuestas, pero con algo claro: como religiosos la prioridad era ser capaces de amar. Si en Occidente parece que la lucha contra el SIDA es cuestión de moral sexual y gira alrededor del uso de preservativos, en el Chad aprendía que la justicia también tiene su importancia vista la escacez de ARV (tratamiento antirretroviral), y de infraestructuras disponibles. Pero en Nairobi comprendí que en realidad todo se basa en el amor. ¿Iba a ser capaz de que los enfermos se sintieran realmente queridos? Cuanto más crecía esa pregunta en mí, más disminuía la disparidad entre recursos y problemas, y yo empezaba a comprender que el amor se juega en el campo de las posibilidades que uno tiene en un preciso momento y ante una persona concreta. El resto deja de tener valor, la idea de qe lo que uno "podría hacer si" no era más que un pensamiento inútil que entorpecía la cosa más importante: transformarse en acción para el otro porque amar es actuar.
*Fragmento. Renato Colizzi SJ. Promotio Iustitiae N.100, 2008/3.
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